Soberanía relativa

La cantaleta de la soberanía de México que la presidenta Claudia Sheinbaum repite cada vez que surge alguna controversia con el gobierno de Estados Unidos, enfatizando que "México no es piñata de nadie", "no se subordina a nadie" y es un "país libre, independiente y soberano", me llevó a cuestionar si en un mundo globalizado en el que las cadenas de suministro cruzan continentes, ¿puede un país ser realmente soberano?
Para mí, la soberanía constitucional -el derecho del pueblo a decidir su destino- es hoy un mito romántico, una retórica vacía.
La soberanía en México se define como el poder supremo y la capacidad del pueblo mexicano para autodeterminarse, tomando decisiones políticas, económicas y sociales libres de injerencia extranjera, es decir, la facultad inalienable para ser dueño de su destino.
Sin embargo, en la práctica ningún país, por más poderoso que sea, es realmente soberano.
Todos de alguna manera dependen de otros. Ninguno tiene la capacidad para resolver todos sus problemas y satisfacer todas sus necesidades con recursos propios.
¿Puede México decir que es un país soberano cuando su sostenimiento depende de la importación de alimentos básicos, de medicinas, de gasolina y gas, de materiales, maquinaria, tecnología, etcétera?
¿Puede Estados Unidos, el país más poderoso del mundo, decir que es soberano cuando su economía y desarrollo dependen de importaciones de petróleo, automóviles, computadoras, teléfonos, y hasta minerales críticos (las llamadas tierras raras) indispensables para la fabricación de baterías, semiconductores, sistemas de defensa (o de guerra) etcétera?
Como la verdad es que todos los países, en mayor o menor grado, ceden soberanía a cambio de seguridad y prosperidad, no es necesario rasgarnos vestiduras ni sacar la bandera nacional cada vez que alguien utiliza la fuerza o la diplomacia para exigir o negociar intereses y necesidades particulares, y mucho menos gritar que somos soberanos, dueños de nuestro destino, cuando la realidad de nuestras vulnerabilidades salta a la vista.
Los acuerdos o tratados internacionales, que imponen obligaciones vinculantes y limitan la capacidad para decidir de manera autónoma e independiente políticas públicas que afectan la vida y el desarrollo de un país, revelan la obsolescencia de la soberanía como tal.
El T-MEC, por ejemplo, obliga a México a someter disputas comerciales a paneles arbitrales supranacionales, cediendo control-soberanía sobre políticas arancelarias, laborales y ambientales; la Unión Europea requiere que sus miembros armonicen leyes fiscales, monetarias y regulatorias bajo la Comisión Europea y el Banco Central Europeo, transfiriendo competencias legislativas a instituciones extranjeras; el Acuerdo de París sobre cambio climático hace que las políticas energéticas estén sujetas a revisión internacional; la Carta de la ONU prevé que el Consejo de Seguridad pueda autorizar intervenciones que suspenden soberanía temporalmente por amenazas a la paz; tratados de derechos humanos como el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos permiten recursos ante la ONU o la Corte IDH, anulando fallos nacionales si violan estándares globales, etcétera.
La soberanía moderna es relativa, es más bien un equilibrio entre independencia formal y cooperación pragmática.
Cuestionarla no implica renunciar al control ni a la dignidad nacional, sino reconocer que la verdadera fortaleza radica en alianzas estratégicas, en la capacidad de negociar desde posiciones muchas veces desequilibradas, diversificando riesgos en lugar de negar realidades.
La soberanía, además de ser relativa, no se sostiene ya de manera individual, sino grupal, lo cual obliga a negociar y a resolver diferencias mediante concesiones recíprocas. ¿Cómo? Participando en las negociaciones de poder para no terminar siendo el objeto de las decisiones de otros, tal y como lo dijo Mark Carney, primer ministro de Canadá, en Davos 2026: "Si no estás en la mesa, estás en el menú".
Pero sentarse a la mesa a negociar implica estar dispuesto a aceptar que al final nadie tendrá soberanía absoluta.
"Dime qué vulnerabilidades tienes
y te diré cuán soberano eres".
Yo