Moralización de la crítica

Metas pobres, vidas pobres.
La retórica de la Cuarta Transformación se ha convertido en un escudo ideológico que desactiva la crítica más básica y congela la posibilidad misma de mejorar.
Cuando las obras, inversiones y proyectos del gobierno son señalados, sea por su inviabilidad o por su mediocridad conceptual, técnica o estética, la respuesta oficial automática es personalizar y deslegitimar al crítico, etiquetándolo como "racista", "clasista", "neoliberal" o "enemigo del pueblo".
Criticar o señalar errores de la 4T ha dejado de ser un acto racional y se ha convertido en un examen de lealtad para saber si se está con ellos o contra ellos. En lugar de analizar el mensaje y actuar en consecuencia, atacan al mensajero. Da lo mismo si lo que se critica o compara es un tren o un aeropuerto, una línea aérea o una refinería; una universidad, un banco, una farmacia o unos libros de texto; o los candiles franceses en una estación del Metro, o ferias y espectáculos culturales que mediante la repetición de fórmulas mediocres se presentan como "populares".
El problema no es que existan opiniones, gustos o sensibilidades diferentes, el problema es la relativización moral que hacen de los datos, razonamientos y referencias que sustentan las críticas, y que la usen como coartada para anular estándares y evadir responsabilidades. "Lo que pides es para una élite", "es válido pensar diferente", "eso es democracia", "el pueblo tiene otros gustos y otros estándares"... son las respuestas que dan a las críticas y que utilizan para presentarse como demócratas defensores de la libertad de expresión y como luchadores sociales contra la desigualdad.
Lo malo de estas posturas es que en la práctica funcionan como un veto: prohíben comparar, suspenden el juicio técnico y criminalizan la exigencia de calidad. Son diálogos sordos que empobrecen la vida pública, impiden mejorar y mantienen al país siempre en los últimos lugares de cualquier índice de medición.
Si intentamos comparar lo que el gobierno mexicano hace con estándares internacionales o con buenas prácticas, dicen que la comparación no es válida porque "ese no es nuestro público", como si las necesidades y aspiraciones de los mexicanos fuesen diferentes a las del resto del mundo.
La 4T ha construido una especie de pedestal moral en torno al "pueblo" que transforma cualquier aspiración de mejora en traición: lo que el pueblo recibe por su conducto es siempre lo adecuado; cuestionarlo implica no respetar su identidad cultural o sus gustos, y nadie más que ellos tiene la autoridad moral para elevar las aspiraciones o la vara educativa, técnica o estética.
No me malinterpreten: está bien defender la cultura y el gusto popular, lo que no está bien es convertirlo en una excusa para negar estándares mínimos y aspiraciones de excelencia, o para entregar bienes colectivos mediocres, con ánimo asistencialista o criterios de remiendo. Aspirar a poco es decisión política y cultural. Se puede mejorar aún con pocos medios, pero eso exige pensamiento crítico, estándares y referentes claros. Lo que impide salir de la pobreza no son las carencias, sino la complacencia y el conformismo. Exigir calidad no es elitismo, ni es quitarle dignidad o identidad al pueblo, es intentar el logro de mejores condiciones para todos.
Y unos dirán que la calidad es subjetiva y distinta para unos y otros. Sí, en parte es cierto, pero debe haber estándares mínimos y referencias que marquen ideales por alcanzar. Y no se diga si aspiramos a ser líderes en todo lo que hacemos, y convertirnos en vanguardia y referentes de otros.
Necesitamos recuperar la posibilidad de criticar, evaluar y comparar sin que la respuesta sea una acusación de pertenecer a una supuesta "élite" privilegiada que conspira. Mejorar requiere además de metas ambiciosas, rigor técnico y cuidado estético, el establecimiento de estándares mínimos y debates en los que la evidencia, la responsabilidad y la búsqueda de la excelencia estén por encima de juicios morales.
Digo esto porque parece que lo que el oficialismo quiere es que los mexicanos reduzcamos nuestras aspiraciones, nos conformemos con lo que hay y normalicemos la mediocridad.
"Metas pobres, vidas pobres".
Yo