Prevenir o reaccionar

Prevenir o reaccionar

Hay una escena repetitiva en México. La vemos después de cada inundación, cada incendio o explosión, cada colapso de un puente, cada apagón, cada crisis o episodio de violencia. Las autoridades anuncian acciones "urgentes", crean comités especiales, destinan recursos extraordinarios, prometen atender el problema y la actividad a su alrededor es intensa. Después, cuando la emergencia desaparece de los titulares, todo vuelve a la normalidad... hasta la siguiente crisis.

Los mexicanos hemos desarrollado una extraordinaria capacidad para reaccionar y una preocupante incapacidad para prevenir.

No es falta de talento, y en muchos casos, ni siquiera falta de recursos. El problema es otro: esperamos a que el daño ocurra para actuar. Invertimos más tiempo, dinero y esfuerzo en reparar que en evitar, más en atender las consecuencias que en eliminar las causas.

Los baches, los drenajes tapados, la escasez de suministros y miles de "accidentes", no se producen de un día para otro. Son la consecuencia de la falta de supervisión, de mantenimiento, de sistemas de monitoreo y de protocolos preventivos. Y cuando de hechos violentos se trata, se responde con operativos espectaculares cuando el verdadero desafío consiste en evitar que ocurran.

La improvisación no es solo una forma de gobernar, sino ya también es una manera de vivir. Esperamos a enfermarnos para cuidar nuestra salud, comenzamos a ahorrar cuando llegan los problemas económicos, damos mantenimiento al automóvil cuando deja de funcionar, estudiamos para un examen la noche anterior, dejamos los trámites para el último día, nos capacitamos después de los errores costosos, y en ámbitos familiares, las conversaciones importantes se posponen hasta que los conflictos estallan.

La improvisación acaba convirtiéndose en una costumbre, y toda costumbre termina por parecernos normal. Lo curioso es que admiramos gobiernos y sociedades que construyen instituciones y métodos pensados para evitar problemas antes de que aparezcan, que no esperan a que un puente colapse para inspeccionarlo o que una escuela fracase para revisar la calidad educativa.

Si los resultados de la prevención fueran inmediatamente perceptibles y generaran aplausos, otra cosa sería. Nadie celebra la inundación o el accidente que no ocurrió, la epidemia que se contuvo o el delito que fue impedido.

Las medidas correctivas producen imágenes mucho más impactantes: maquinaria trabajando en las emergencias, funcionarios recorriendo zonas afectadas, conferencias de prensa anunciando soluciones inmediatas...

La reacción es visible y aparatosa; la prevención es silenciosa y anónima. Paradójicamente, cuando la prevención funciona, parece que no pasó nada. Y precisamente ése es el objetivo: que no pase nada (no news, good news).

Ningún país, ni ninguna empresa o persona alcanza un desarrollo sostenible reaccionando permanentemente a las crisis. Quien vive apagando incendios nunca tiene tiempo para construir el futuro.

Cambiar esta cultura exige mucho más que nuevas leyes o mayores presupuestos. Requiere modificar nuestra manera de entender la responsabilidad.

El mejor gobierno no es el que resuelve problemas, sino el que impide que aparezcan. La eficiencia de la administración pública no debe medirse por la cantidad de obras inauguradas, ni por la rapidez con que se atienden las emergencias, sino por la capacidad para prevenir crisis antes de que ocurran, gracias a una planeación seria, mantenimiento constante, evaluación permanente y decisiones tomadas con visión de largo plazo.

Ser previsores requiere disciplina cotidiana: revisar antes de que falle, ahorrar antes de necesitar, aprender antes de enfrentar desafíos, dialogar antes de los conflictos y actuar cuando las señales apenas comienzan a aparecer. La prevención no es un acto aislado, ni de una sola vez, es una forma permanente de pensar y de ser.

Todos los días decimos que "más vale prevenir que lamentar", pero la realidad es que en México lamentamos mucho más de lo que prevenimos y tapamos los pozos ya que los niños se ahogaron.

Sin dejar de admirar a quienes resuelven y participan heroicamente en cada una de las crisis y tragedias que pudieron evitarse, debemos encontrar la manera de valorar e incentivar a los que todos los días, con discreción y constancia, trabajan para que éstas no ocurran.
 
"La irresponsabilidad es producto de la impunidad".

Yo