Ansias de servir

Cuando leo en las últimas semanas notas que hablan de luchas internas en los partidos y entre aspirantes que quieren ser candidatos a algún puesto de elección popular me pregunto: ¿para qué quieren gobernar?, ¿por qué pelean encarnizadamente una postulación?, ¿su vocación de servicio es tan grande que no pueden controlar las ansias de servir a la sociedad?
La disputa por las candidaturas a cargos públicos en todos los niveles de gobierno se explica por la plataforma de poder e influencia que la posición conlleva, y no por súbitas vocaciones de servicio, y mucho menos por los relativamente modestos sueldos que perciben los funcionarios públicos, los cuales frente a la magnitud, riesgo y responsabilidad que significa gobernar una ciudad, un estado o un país, resultan casi ridículos, a menos, claro, que se trate de un funcionario incompetente o que detrás del cargo haya intereses ocultos.
Un dicho americano al respecto describe muy bien lo que ocurre cuando se paga poco: "If you pay peanuts, you get monkeys", y que en español significa: "Pagar poco atrae mediocres". El sistema actual de salarios públicos bajos, sumado a la absurda regla de que nadie puede ganar más que el Presidente, además de atraer mediocres, propicia la corrupción y hace que los cargos públicos, en lugar de ser una responsabilidad y una obligación de desempeño, sean la llave para construir redes de complicidad, controlar decisiones, manejar presupuestos y convertir la función pública en un negocio privado en el que lo que más importa son los beneficios que se obtienen alrededor del poder de manera "extraoficial" o "por debajo de la mesa".
Si de verdad el motor que mueve a los partidos y a los funcionarios públicos fuera servir a la sociedad, y no servirse de ella, la discusión para designar candidatos o aspirar a ocupar un puesto de gobierno, se centraría en cómo mejorar la vida de la gente y quién puede hacerlo mejor.
Pero eso que debería ser lo más importante y la razón de ser de una candidatura, ni siquiera se menciona. Lo que predomina es el ruido de la ambición y la lógica de "que no sea el otro", como si el cargo fuera un trofeo y no una responsabilidad. Yo les haría una sola pregunta a los partidos políticos y a los propios aspirantes: ¿por qué o para qué quieren gobernar? Muy pocos podrían explicar con seriedad y fundamento su proyecto político, más allá de ideas generales, obvias y compartidas por todos, como reducir la pobreza, acabar con la corrupción o mejorar la calidad de vida de la población, pero sin realmente saber cómo convertir esos ideales en realidad.
Por eso, la sospecha es inevitable: lo que realmente pelean no es la oportunidad de servir a la sociedad con una visión de país o de sociedad y con un plan de trabajo acorde al reto, lo que buscan y pelean es simplemente el acceso a un poder que abre puertas, reparte favores, multiplica influencias y enriquece no solo a quien ocupa el cargo, sino a un grupo enorme de allegados y oportunistas.
La corrupción y la ineptitud que desgraciadamente caracteriza a la clase política en general, y en particular al gobierno actual, se debe, en mi opinión, a dos razones: la primera, que a la hora de hacer campaña venden su ambición como si fuera vocación, y la segunda, a que los movimientos políticos y los autonombrados "luchadores sociales" creen, con una ingenuidad peligrosa, que ganar una elección les concede, por arte de magia, la capacidad y experiencia necesarias para gobernar.
Todo partido o persona que aspire a dirigir a la sociedad debería poder decir, con precisión, qué problemas resolverá y cómo lo hará; por qué su proyecto mejorará la vida de los demás y cómo rendirá cuentas de ello. Sin eso, las candidaturas se reducen a una disputa banal y perversa de intereses y apetitos.
Construir una clase gobernante capaz, responsable y honesta empieza por exigir a los partidos políticos dos cosas que al menos hasta hoy parecen imposibles: que dejen de ver los cargos públicos como botín o escaleras personales, y que actúen con ética y responsabilidad a la hora de designar candidatos, evitando figuras improvisadas o meros operadores de coyuntura y asumiendo las consecuencias de postular a personas que no sean capaces ni idóneas para ejercer el poder.
"Vivimos una época en la que ser decente es sinónimo de ser pendejo".