Encontrar sentido

Hay días en que hasta pensar cansa. No es necesariamente falta de carácter o de voluntad para hacer las cosas: a veces es cansancio acumulado, estrés, exceso de pendientes, o simplemente la ausencia de un motivo suficientemente atractivo.
Así me ocurrió esta semana al enfrentarme al reto de escribir esta columna.
No tenía tema, no tenía impulso, no tenía ganas. Todo me parecía insulso, inútil, repetitivo, y además, exigía una energía que, por alguna razón, no estaba disponible.
Entonces recordé lo que en una ocasión uno de mis hijos (creativo por naturaleza) hizo cuando en la escuela le pidieron redactar un discurso y, al no saber de qué hablar, optó por una sencilla, pero ingeniosa solución que al final le valió aplausos: el tema de su discurso sería el discurso mismo. Siguiendo su idea me dije: voy a escribir acerca de la falta de ganas de escribir.
Resuelto el tema, comencé a investigar causas de la procrastinación, esa tendencia a dejar "para después" tareas, decisiones o responsabilidades, particularmente aquellas que nos resultan aburridas, difíciles o incómodas.
La "flojera mental" que parecía dueña de la mañana, fue desapareciendo mientras indagaba por qué hay ocasiones en las que en lugar de ponernos directamente a hacer lo que tenemos que hacer, nos dedicamos a calcular el esfuerzo que requerirá hacerlo.
Lo primero que descubrí fue que, la parte más pesada de muchas tareas no es hacerlas, sino empezarlas.
Antes de iniciar, el trabajo es una masa imprecisa de ideas, retos y dificultades que no sabemos cómo vamos a resolver. Y no lo sabemos porque el trabajo consiste, precisamente, en encontrarles solución, lo cual exige tiempo, atención y decisiones para establecer prioridades, definir métodos, evaluar consecuencias, etcétera, todo en medio de una incesante voz interna que frente a cada dificultad nos dice: "Mejor luego".
La postergación es un alivio breve, un "préstamo de tiempo" que después cobra intereses en forma de culpa, presión y urgencia.
No posponemos porque no nos importe lo que debemos hacer. A veces retrasamos justamente lo que más importa: encarar un problema, escribir un texto decisivo, llamar a alguien, ordenar una cuenta o comenzar un proyecto.
La postergación del trabajo sigue la misma lógica engañosa que la postergación del ejercicio físico: en ambos casos esperamos a tener ganas para empezar, cuando en realidad las ganas aparecen después de haber empezado.
En este caso, cuando comencé a mover la mente (investigar acerca de la falta de ganas de escribir) las ganas aparecieron, pero no por voluntad o disciplina, sino porque la verdadera motivación, la chispa que enciende la acción, es encontrarle sentido y propósito a lo que hacemos.
Ese "sentido" puede ser pequeño: encontrar una utilidad, entender un dato, resolver una duda, ayudar a alguien, dejar claro un punto, contar una historia inspiradora... pero basta.
La mente no necesita grandes propósitos para activarse; necesita razones concretas, aunque sean modestas, que justifiquen el esfuerzo.
La falta de sentido funciona como una señal de "posponer", tal como les ocurre a muchos estudiantes, que al no ver para qué les sirven las operaciones matemáticas o las fórmulas químicas en su vida, dejan las tareas para después.
Y aun habiéndole encontrado sentido y propósito a las cosas que tenemos que hacer, muchas veces postergamos el trabajo porque no vemos clara la forma de abordarlo.
Por eso, el primer paso no tiene que ser brillante ni definitivo. Basta iniciar con una acción pequeña, imperfecta o incluso aparentemente "tonta": abrir un documento, plantear el problema, escribir o dibujar una solución tentativa o consultar una fuente. Esa acción mínima reduce el tamaño imaginario del obstáculo y le demuestra a la mente que la tarea puede hacerse o que el problema tiene alguna solución.
En la nimiedad de escribir este artículo, lo que venció la flojera inicial fue encontrarle sentido al tema, descubrir un ángulo, una tesis discutible. Así, donde había una página vacía, aparecieron ideas y conceptos interesantes, que transformaron la obligación de escribir en búsqueda, la búsqueda en descubrimiento y el descubrimiento, finalmente, en una forma de entusiasmo.
"No tiene sentido hacer cosas sin sentido".
Yo