Ricardo EliasComment

El beneficio de la duda

Ricardo EliasComment
El beneficio de la duda

Cada vez es más frecuente ver un fragmento de la realidad y creer que ya entendimos el todo. Esto nos lleva, en unos casos, a condenar personas cuando deberíamos suspender el juicio hasta ver, como coloquialmente se dice, "la película completa", y en otros, a aprobar o rechazar solo por apariencias, cuando lo prudente es dudar para no volvernos presa fácil de publicidad engañosa, de información falsa o sesgada, o de cualquier relato fabricado para persuadirnos.

Por alguna extraña razón, cuando se trata de culpar personas, la condición humana se apresura: nos basta un gesto, una frase mal citada o mal entendida, una imagen recortada o hasta un rumor, para sacar conclusiones y fabricar una sentencia.

Hay un solo remedio para la soberbia de creer que nuestra primera impresión equivale a la verdad: el beneficio de la duda. Esa pausa necesaria antes del juicio, esa prudencia que nos obliga a comprobar hechos, a escuchar otras versiones antes de juzgar intenciones, atribuir responsabilidades y dictar castigos; es la disciplina moral que frena la prisa de sentenciar sin evidencia suficiente.

Dar el beneficio de la duda no es ingenuidad; es una forma elemental de justicia, es la versión ética y humana del principio jurídico de "presunción de inocencia", según el cual nadie debe ser considerado culpable hasta que su responsabilidad haya sido demostrada conforme a derecho.

La diferencia entre una sociedad civilizada y una sociedad brutal está, muchas veces, en ese pequeño retraso entre sospechar y condenar. Quien entiende esto sabe que dudar no debilita la verdad; la protege. Nos anticipamos a emitir juicios, acusaciones, insultos y linchamientos sociales cuando nos gobiernan los prejuicios, el orgullo, la impaciencia o el deseo de tener razón.

Muchos de los conflictos personales, familiares y de negocios nacen no de hechos sólidos, sino de suposiciones, medias verdades, rumores y mentiras que van creciendo hasta parecer certezas. Tendemos a juzgar rápido porque eso nos hace sentir lúcidos, vigilantes, incluso moralmente superiores. Sin embargo, una interpretación apresurada, una palabra sacada de contexto o una versión interesada causan heridas profundas donde antes reinaba la buena fe y la confianza. Y si a la desinformación y medias verdades le agregamos prejuicios, envidias o resentimientos guardados que corroen por dentro, la virulencia de los conflictos se multiplica.

En el libro de Francisco Ugarte Corcuera, titulado "Envidia", el autor advierte que "las personas envidiosas no solo se perjudican a sí mismas, sino que intentan dañar al envidiado", citando el refrán popular que refuerza esa idea: "Es peor la envidia del amigo que el odio del enemigo".

Esto importa porque cuando las ganas de hacer daño se instalan, lo que se busca ya no es comprender, sino confirmar la condena. Las medias verdades, aunadas a prejuicios y resentimientos son una "bomba de tiempo" que explota no solo desfigurando la realidad, sino haciendo el trabajo sucio: seleccionan qué creemos o a quién castigamos sin escucharle siquiera, destruyendo reputaciones y convirtiendo sospechas en veredictos.

A veces el daño causado es público, es decir, se etiqueta a una persona, se le reduce a una caricatura y luego se le exige que pruebe su inocencia ante una multitud que ya decidió no escuchar. Sin embargo, la mayoría de las veces el daño es íntimo, hipócrita, silencioso, y ese es el que termina rompiendo vínculos familiares, sociales o de negocios. Y cuando finalmente la verdad aflora y se comprueba el error que condujo a la condena injusta (lo cual siempre, tarde o temprano, ocurre) aparece una segunda injusticia: la incapacidad de rectificar. La vergüenza y el orgullo se vuelven una armadura. Quien acusó sin pruebas prefiere callar antes que admitir que se equivocó; prefiere conservar la imagen de infalibilidad antes que reparar el daño causado.

El beneficio de la duda debe promoverse como un hábito moral y cívico. No para volvernos crédulos, sino para volvernos justos.

Al final, no hay madurez moral sin corrección, ni autoridad ética sin disculpa. Reconocer que uno se precipitó no es perder prestigio, es recuperar humanidad. Pedir perdón no humilla: dignifica; es, tal vez, la única manera de recuperar familia y amigos.

"Dudar no debilita la verdad... la protege".
Yo