Termómetro educativo

El Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes, conocido como PISA, es una prueba que aplica la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) a jóvenes de alrededor de 15 años en 91 países.
Esta prueba no pretende medir cuánto recuerdan de un determinado programa escolar, sino qué tan capaces son de utilizar sus conocimientos para resolver problemas de la vida real. La virtud fundamental de esta prueba es una: saber qué tanto aprendieron nuestros estudiantes comparados con los demás.
El último resultado recientemente publicado fue muy malo para México: quedó posicionado en el lugar 37 entre los 38 países de la OCDE: en Ciencias y Comprensión Lectora, fue el penúltimo, y en Matemáticas, el tercero peor.
Ante este innegable retroceso en la calidad de la educación pública, las respuestas del gobierno de la 4T fueron las de siempre: la forma de medir no sirve y ellos tienen "otros datos".
La SEP creó entonces su propia vara para evaluar la educación pública: los llamados "ejercicios integradores". Una prueba con preguntas y criterios de puntuación no estandarizados y cuyos resultados no son comparables con nadie.
¡Qué "listos" son! Creen que los problemas se resuelven cambiando la forma de medirlos. ¿Acaso la fiebre de un enfermo baja si cambiamos el termómetro?
Vean las diferencias entre la prueba PISA y la de los "ejercicios integradores" de la Nueva Escuela Mexicana (NEM):
La prueba PISA es aplicada y evaluada por un organismo internacional externo; es un examen estandarizado de competencias y habilidades; se aplica a una muestra de estudiantes de 15 años; mide aprendizajes en Matemáticas, Lectura y Ciencias y realiza un diagnóstico global y un ranking mundial.
La prueba ("ejercicios") de la NEM, en cambio, es aplicada a los alumnos por los propios maestros, sin supervisión externa o auditoría de resultados; carece de puntuaciones estandarizadas; se aplica a todos los alumnos de preescolar, primaria y secundaria; las respuestas son abiertas, no comparables y la SEP concentra los resultados.
De compararnos y competir con el mundo, ni hablemos.
Para defenderse de la evidencia del rezago educativo en México, la presidenta Sheinbaum y el secretario de Educación Pública, Mario Delgado, han argumentado que la prueba PISA no debe verse como un indicador absoluto para definir la calidad de educación en el país. Según ellos, es un error evaluar con el mismo examen a estudiantes de naciones y entornos socioeconómicos diferentes.
Coincido en que no es del todo justo comparar el esfuerzo y los resultados de niños y jóvenes de comunidades rurales de Guerrero o Chiapas –que tienen que caminar kilómetros para llegar a una escuela y estudiar en condiciones precarias– con los de estudiantes de Tokio, Helsinki o Seúl, que aprenden en ambientes urbanos, con instalaciones y equipamiento adecuados, con programas educativos bien diseñados y maestros capacitados.
Por eso precisamente, el juicio negativo que se desprende de la prueba PISA hacia la calidad de la educación pública en México no debe recaer sobre los jóvenes evaluados, que hacen lo que pueden en las condiciones que les ha tocado vivir, sino sobre las autoridades educativas.
Los que reprobaron la prueba PISA no fueron los estudiantes mexicanos, ellos son solo las víctimas de un sistema educativo fallido; los reprobados fueron la Nueva Escuela Mexicana, la SEP, el gobierno de México y su 4T.
Lo que les toca hacer ahora, luego de este preocupante diagnóstico educativo, no es cambiar el termómetro con el que se mide y compara la calidad de la educación pública, sino hacer lo necesario para, por un lado, cambiar lo que se enseña y la forma como se enseña, y por otro, mejorar las condiciones en las que la niñez mexicana estudia, de manera que la pobreza y carencias de su entorno, sus "circunstancias", dejen de ser el justificante de su ignorancia.
Si para la 4T los pobres fueran realmente primero, los estudiantes de las comunidades más desfavorecidas deberían ser el semillero del talento que impulsará el desarrollo futuro de México, y no las víctimas de un sistema educativo condescendiente que generación tras generación los condena a repetir su historia.
"Metas pobres, vidas pobres".
Yo