Tumultos

Nunca había sentido el peligro de morir aplastado o asfixiado por una multitud hasta la víspera de este Año Nuevo en la Ciudad de Porto, Portugal, experiencia que afortunadamente puedo platicar y describir sin haber tenido que pasar por ningún hospital o sufrir la muerte de un ser querido.

Ésta es la historia de una celebración que pudo convertirse en tragedia.

Esa noche, mi familia y yo habíamos salido a cenar a un restaurante cercano al hotel donde nos hospedamos, ubicado directamente enfrente de la Praça da Liberdade, donde se llevaría a cabo un concierto de Rui Veloso, considerado el padre del rock portugués. Durante la mañana de ese día, sentado en dicha plaza tuve la oportunidad de escuchar el ensayo y pruebas de sonido que este artista y su grupo hacían en preparación para el concierto. Resumiría su calidad musical en una sola palabra: extraordinaria.

Al terminar la cena, alrededor de las 11 de la noche decidimos caminar de regreso al hotel con la idea de estar un rato en el concierto y ahí celebrar la "llegada" del nuevo año. Cabe mencionar que en el grupo familiar venían mis nietas, dos de las cuales son aún pequeñas.

Conforme nos acercábamos, la música se oía más fuerte y la cantidad de personas alrededor aumentaba hasta que llegó un momento en que era imposible avanzar. Personas atrás nuestro empujaban tratando de abrirse paso. A un joven agresivamente impetuoso le tuve que decir "¡por favor, no empujes, hay niños aquí!". Su respuesta fue un insulto y un empujón todavía más fuerte. Una familia que venía en sentido contrario al río humano nos dijo: "No sigan, es imposible llegar". En medio del caos, tratábamos de hacer espacio para que las niñas más pequeñas que no alcanzaban siquiera a asomar la cabeza, pudiesen respirar. Aunque nuestro hotel estaba a escasos 50 metros, decidimos regresar, y creo que fue la mejor decisión, pues nos dimos cuenta de que, si alguien tropezaba o se generaba algún incidente, seríamos aplastados por la multitud.

El regreso fue gradualmente haciéndose menos tumultuoso. Cuando por fin logramos salir del gentío, sentimos alivio. Una de las niñas que más miedo sintió se soltó en llanto, y los adultos, conscientes de lo que pudo haber pasado, comenzamos a analizar el error que cometimos, y lo que habría que hacer para evitar en el futuro verse envuelto en una situación similar.

Dos errores detectamos: El primero, atribuible a nosotros, fue no haber desistido del intento de llegar al objetivo (hotel y lugar del concierto) en el momento en que vimos que la única manera de avanzar era abriéndonos paso en medio de la aglomeración, y sin pensar que la situación podía empeorar.

El segundo error y en mi opinión el principal, fue sin duda atribuible a las autoridades de la ciudad encargadas de la protección civil, por no haber limitado y vigilado la capacidad máxima de personas que podían accesar a la plaza. Sus controles se limitaron a bloquear el tránsito vehicular, mas no el tránsito de personas, que por miles llegaban al lugar a pie por todas las calles aledañas. Al día siguiente supe que más de 100 mil personas se habían concentrado en la plaza. Todo tiene un límite.

Esta vez afortunadamente no pasó nada grave.

Dos lecciones hay que aprender de esto. La primera es para las autoridades que tienen la responsabilidad del control de multitudes: no deben esperar a que las tragedias sucedan para "reforzar" normas de seguridad y el control de multitudes, limitando cupos, y tomando medidas para evitar que se produzcan estampidas humanas, reyertas o aplastamientos que pueden causar cientos de víctimas mortales. Y la segunda es que nosotros, el público general, debemos aprender que por más atractivo o emocionante que sea a donde queremos llegar, en el momento que una multitud comienza a tocarse entre sí, cuando la única manera de avanzar es a codazos, hay que parar. Sobre todo, porque las masas excitadas no escuchan, son una horda de seres vivos cada uno luchando por su objetivo sea cual fuere: entrar, salir, pasar, avanzar, y no se diga si se trata de huir para sobrevivir.

Si las autoridades no prevén y se preparan para el caos, llegado éste, no habrá nadie que piense en todos, cada quien verá por sí mismo y la única indicación a seguir será la de "sálvese quien pueda".
 
"La masa es siempre intelectualmente
inferior al hombre aislado".

Gustave Le Bon