El bien común

Me llamó la atención que medidas tomadas para reducir el congestionamiento vehicular, en dos ciudades de dos países diferentes, no hayan sido bien recibidas por su población y enfrenten distintas críticas y resistencias.
Las primeras fueron las medidas tomadas en la ciudad de Guadalajara con el operativo a contraflujo en la Av. López Mateos y los cierres que impedirán en ciertos horarios incorporarse a los carriles centrales de Calzada Lázaro Cárdenas, y la segunda, el establecimiento en la Ciudad de Nueva York del llamado "congestion fee" y que a partir del 5 de enero de este año comenzaron a pagar todos los vehículos que entran al área del sur de Manhattan.
El tema que quiero aquí tratar no es el de la eficacia de este tipo de medidas, sino el de la resistencia que las personas en cualquier parte del mundo muestran para hacer cambios en sus conductas y hábitos personales en aras del bien común.
En el caso de Nueva York, a un mes de haber implementado la "tarifa de congestionamiento" y a pesar de la notoria mejora en el flujo vehicular de esa zona y los tiempos de traslado, muchas han sido las críticas, incluyendo las del propio Presidente Trump, que quiere eliminar la medida.
En el caso de Guadalajara, no conozco los resultados de los cambios realizados, pero sin duda en alguna medida serán positivos y servirán para que los que se sienten afectados por ellas sepan que sus "molestias" contribuyeron al bien común.
El bien común es un concepto que, por lo general, no está bien entendido.
Como por lo general los beneficios colectivos no son inmediatos o no son completamente tangibles, los ciudadanos no les dan el valor e importancia que tienen.
Por lo anterior, consideré importante antes de continuar, identificarse con alguna de las siguientes preguntas: ¿el bien individual está por encima del bien común? ¿El bien común debe estar por encima del bien individual?, o ¿debe haber un equilibrio entre ambos?
Cada uno es libre de pensar como quiera. Sin embargo, yo creo que la postura que tengamos frente a las anteriores preguntas nos define no solo como ciudadanos, sino como personas. En mi opinión, quienes piensan que el bien individual está por encima del bien común son personas que creen que el fin justifica los medios. Son quienes -por dar un ejemplo sencillo- sin ningún cargo de conciencia o vergüenza circulan en sentido contrario o dan vueltas prohibidas para llegar más rápido a su destino; se aprovechan de los errores de otros y toman cualquier ventaja que se les presente aunque sea indebida.
Quienes piensan que el bien común está por encima del bien individual y actúan en consecuencia, para mí serían santos o ascetas, perfectos seres espirituales que han decidido renunciar a lo material, a lo mundano y vivir solo para y por el bienestar de los demás.
Por último, estarían los que sostenemos (me incluyo) que debe haber un equilibrio entre el bien individual y el colectivo, postura que, en mi opinión, es la más sensata y ética, pues es la manera para, legítimamente y sin perjudicar a nadie, intentar sacarle el mejor partido a la vida, dejando a nuestro paso un mundo mejor que el que recibimos.
Esta última postura coincide con la del filósofo francés Jacques Maritain, quien decía que "el ser humano pertenece a un todo mayor; por ende, su propio bien deberá contribuir al bien común, pero éste no podrá, por su parte, desentenderse del primero, de tal suerte que se procurará que el bien individual y el bien común avancen armónicamente tanto para el pleno beneficio de cada individuo como para el de toda la comunidad".
La importancia de hacer estas reflexiones hoy es porque estamos sufriendo ya las consecuencias de vivir bajo una lógica y racionalidad individualista que ejerce libertades sin límites y excluye la consideración del bien común en las decisiones diarias, lo que ha abierto el camino a todo tipo de abusos y atrocidades y a la construcción de una sociedad caótica e impredecible.
La reversión de este proceso decadente es posible y es sencilla, solo requiere dos cosas: por un lado ver siempre los intereses individuales y los intereses colectivos como un todo, ninguno por encima del otro, y por otro, respetar las leyes, señalar las buenas prácticas del gobierno y criticarlo constructivamente cuando sea el caso.
"El caos social es la penitencia por el pecado de omisión ciudadana".
Yo