Güey

Mientras comíamos en un restaurante, al lado de nosotros se sentaron dos parejas jóvenes de entre 25 y 30 años. Era inevitable escuchar sus conversaciones. Pero lo que llamó nuestra atención no fue el volumen de sus pláticas, sino el vocabulario que usaban no solo los hombres -quienes no por serlo su modo de hablar es disculpable-, sino también las mujeres, que estoy seguro no se dan cuenta ya del significado de las palabras que usan ni de la vulgaridad que proyectan al decir, por ejemplo: "A la verga, güey", "no mames, güey", "me caga, güey"... entre otras linduras.

Quienes acostumbran a hablar de esa manera defienden sus floridos coloquios argumentando que en ellos no hay intención ofensiva, o que las críticas son propias de puritanos que se escandalizan al escuchar las mal llamadas "malas palabras", pero no es así.

Al menos a mí, ninguna palabra me escandaliza, solo creo que determinados lugares y contextos ameritan comportamientos más pulidos y que la costumbre de proferir obscenidades ha llegado a niveles incontrolables que la convierten en la patología conocida como coprolalia.

Los que así hablan deben saber que, en ámbitos profesionales o académicos, el lenguaje vulgar puede ser percibido como falta de respeto, falta de cultura o inmadurez, y en ámbitos sociales puede ser motivo de rechazo instantáneo.

Entiendo que es prejuiciado juzgar a las personas por su modo de hablar y que las "malas palabras" o "groserías" son meras convenciones sociales, pero nos guste o no, así funciona la sociedad, con códigos de conducta que regulan el comportamiento, proporcionando recompensas o castigos según nos apeguemos o distanciemos de ellos.

Obviamente cada quien es libre de hablar como quiera (mientras no ofendamos directamente a nadie), pero así como cada quien es libre de hacerlo, los demás también somos libres de pensar y formarnos las opiniones que queramos.

Una persona que habla de manera vulgar da pie a que sea percibida y tratada con la misma vulgaridad. Esto se conoce como la Prueba del Pato, una forma de razonamiento inductivo, que afirma que "ante un conjunto de evidencias que apuntan a una conclusión altamente probable, que coexiste con otras altamente improbables, lo razonable es aceptar la conclusión más probable". Coloquialmente, la Prueba del Pato se explica así: si grazna como pato, camina como pato y se comporta como pato, ¡es un pato! En este caso, si una persona habla vulgar, se comporta vulgar y se viste vulgar, seguramente es vulgar.

Para hacer ver cómo el desenfado y la ligereza del lenguaje, y sobre todo el vocabulario limitado deprecia las ideas y evita la reflexión, a continuación escribiré dos últimas reflexiones acerca de este tema, lo cual haré de dos distintas maneras: una, utilizando un lenguaje normal, serio y respetuoso, y otra, con el tono y expresiones que dominan el lenguaje y conversaciones entre jóvenes y que llamaría "versión güey" por la frecuencia de uso de esta muletilla del lenguaje. Lo hago así, no para mofarme de nadie, sino para hacer ver lo difícil que es reflexionar y debatir seriamente con un vocabulario limitado, repetitivo y vulgar.

Reflexión 1. Las palabras importan y tienen consecuencias. Los jóvenes evitan ser formales y parecer responsables. Difícilmente entran al fondo de los asuntos. Su forma de hablar no da más que para andar "por las ramas" y para establecer un sentido de camaradería y complicidad entre ellos.

(Versión güey): Las palabras son cabronas y pueden armar pedos, güey. Está de güeva, pero hay que dejarse de mamadas y echarle coco a las cosas para agarrar bien la onda y no nos vean como pendejos, güey. Aunque me vale verga cómo nos vean, güey.

Reflexión 2. Con algunas excepciones, considero que el lenguaje vulgar es reflejo de un modo de pensar ligero, irresponsable y superficial, y que su normalización hará que buena parte de la siguiente generación, llegada su adultez reciban un golpe de realidad del que no podrán reponerse, pues no han ejercitado lo suficiente el músculo del pensamiento sesudo, propio de los compañeros estudiosos que hoy son objeto de exclusión y escarnio.

(Versión güey): Este es el pedo, güey: si no nos dejamos de mamadas nos va a llevar la chingada güey, y si nos carga la verga, vamos a tener que pedirle chichi a la bola de güeyes con lentes que nos cagan.
 
"El orden de las palabras altera
el producto".

Yo