Cálculos de impunidad

Cálculos de impunidad

Todos queremos vivir en un país demócrata, pero pocos entienden y reconocen que, sin respeto a las leyes, sin principios y comportamientos éticos es imposible mantener una democracia y el Estado de derecho.

Podemos ser buenos padres de familia, y hasta buenos empleados o patrones, pero somos malos ciudadanos. Vemos los deberes cívicos y todo lo malo que sucede a nuestro alrededor como algo ajeno, distante, que no es de nuestra incumbencia, claro está, hasta que algo verdaderamente grave irrumpe en nuestras vidas. Solo entonces exigimos justicia, respeto a las leyes y a nuestros derechos.

¿Por qué tenemos que esperar a que algo malo nos suceda en lo personal para hacer algo bueno en lo colectivo? ¿Por qué no acatamos las leyes y por qué no se exige su cumplimiento a cabalidad?

La respuesta es una: por la maldita corrupción. No es gratuito que México ocupe el lugar 126 en el ranking de corrupción entre 180 países del mundo, de acuerdo con el Índice de 2022 de Transparencia Internacional.

Para la mayoría de los mexicanos la decisión de cumplir o no una ley o un reglamento que afecta su bolsillo o su comodidad depende siempre de análisis de costo-riesgo-beneficio, y que llamaría "cálculos de impunidad". Si las probabilidades de perder dinero o de terminar en la cárcel son altas la ley se cumple; si son bajas la ley se viola. Y este cálculo se hace tanto para asuntos menores, como estacionarse en un lugar prohibido o quedarse con una cartera olvidada, como para cometer un fraude o tirar químicos al drenaje.

De principios éticos, de educación cívica y conciencia social ni hablemos.

Para reducir los índices de corrupción hay que ver el problema de otra manera: como un problema educativo, no como un problema policiaco. El plan de combate a la corrupción debe caer en el ámbito de la Secretaría de Educación Pública y no en el de la UIF o de la FGR.

No digo que no se deba investigar, perseguir y sancionar a los corruptos, por supuesto que hay que hacerlo, pero eso solo sirve como un disuasivo que eleva el factor de riesgo en el cálculo de impunidad, el cual precisamente por la corrupción existente en la mayoría de los casos se reduce a cero.

Veámoslo así: meter a la cárcel a los corruptos reduce la impunidad, no la corrupción.

Y no la reduce porque ésta no es un mal en sí mismo, sino una consecuencia. Es la consecuencia de una educación en la que el civismo, la ética y los valores morales brillan por su ausencia.

Las generaciones venideras no serán más honestas por sí solas. Es imperativo diseñar un plan educativo de largo plazo que eduque a las nuevas generaciones en materia de civismo y ética. Educar hoy para no castigar mañana, debiera ser el lema.

Un plan que haga visible a todos, especialmente a los corruptos que todos los días hacen cálculos de impunidad, las consecuencias de su indolencia y del desdén al Estado de derecho.

Los pedagogos sabrán mejor cómo hacerlo, pero necesitamos ejercicios de conciencia cívica y responder preguntas cuyas respuestas no son tan obvias, como: ¿En qué me afecta o qué consecuencias tiene que alguien se salga sin pagar de un restaurante, o que no pague impuestos, o que no dé garantías de la calidad de los productos o servicios que vende, o que mienta para evadir responsabilidades, o que no denuncie un abuso o una injusticia...?

Más importante que tener conocimientos es tener escrúpulos, y les aseguro que buena parte de los mexicanos ni siquiera conoce el significado de esta palabra, y mucho menos la importancia que los escrúpulos como mecanismo de autorregulación y freno de impulsos tiene para el funcionamiento armónico de la sociedad. La corrupción disminuirá cuando tengamos generaciones de mexicanos capaces de renunciar voluntariamente a tomar ventajas indebidas, a aprovecharse de un error solo porque nadie los ve o a abusar de una persona porque se sienten más poderosos que ella.

Necesitamos ciudadanos convencidos de hacer lo correcto simplemente porque "la ley es la ley".

Si priorizamos e inculcamos en la educación pública valores éticos y cívicos, no solo se reducirá la corrupción, sino que tendremos la materia prima humana necesaria para tener gobiernos honestos y responsables en lugar de la bola de indolentes que todos los días hacen cálculos de impunidad para decidir si cumplen o violan la ley.

"La ley debe respetarse
por convicción no por sumisión".

Yo