Optimismo lúcido

Empezar un año nuevo suele despertar una mezcla de deseos, promesas y un anhelo universal de que "ahora sí" las cosas serán mejores.

Sin embargo, entre el entusiasmo de las resoluciones y mensajes motivacionales, por un lado, y los golpes de la realidad por el otro, conviene distinguir la diferencia entre el optimismo y las ilusiones vacías.

El optimismo lúcido no cierra los ojos ante la adversidad, ni repite mantras vacíos para convencernos de que todo saldrá bien sin hacer nada. Es más bien una esperanza de mejora consciente y comprometida con la posibilidad de mejorar la realidad, lo cual implica reconocer lo que no funciona, aceptar las dificultades y a pesar de ello, elegir actuar.

En cambio, las falsas ilusiones son una forma de evasión emocional aferrada a la idea de que "todo saldrá bien" sin tomar decisiones concretas ni aceptar los límites de lo posible, o esperando la aparición de soluciones mágicas, divinas o fortuitas que lo único que logran es cultivar el autoengaño, el cual dura hasta el momento en que la realidad desmiente la fantasía.

Sin embargo, hoy más que nunca el logro de objetivos no depende únicamente de la capacidad y fuerza de voluntad propias. Hay asuntos colectivos externos, tanto locales como globales que influyen para bien o para mal en nuestras vidas o emprendimientos y que, dependiendo de circunstancias particulares y de la óptica intelectual que tengamos frente a ellos, nos hacen pesimistas u optimistas, o estar a favor o en contra.

Por ejemplo, unos pueden ver la llegada de la 4T y sus reformas constitucionales como un avance positivo en favor de la justicia social y el combate a la corrupción, y "apostarle" todo a México, y otros verlas como una amenaza a la democracia y al desarrollo social y económico del país, y según el tamaño de la desconfianza, frenar inversiones o "no poner todos los huevos en una sola canasta".

No obstante, pese a los diferentes puntos de vista y a las tensiones políticas el mundo avanza en muchas direcciones y son fuente de esperanza fundada: la pobreza extrema mundial (México incluido) sigue disminuyendo; la ciencia médica celebra avances significativos en variados campos; movimientos sociales y ciudadanos comienzan a impulsar economías circulares... y muchos avances más que nos permiten afirmar, con datos duros, que en muchos aspectos el mundo está mejor que antes.

El problema es que las personas no comemos datos, ni pagamos deudas con estadísticas, ni nos curamos con índices de crecimiento.

¿De qué sirve la mejora al salario mínimo o los avances de la ciencia médica si a la hora de necesitar una medicina para remediar un mal inmediato, simplemente no existe?; ¿de qué sirve una reforma judicial si las extorsiones, la inseguridad, la corrupción y la impunidad van en aumento o si la aplicación de la ley depende de afinidades políticas?

Mientras escribo esto, leo diversas opiniones que se manifiestan en contra de la incursión de Estados Unidos en Venezuela para la captura de Nicolás Maduro, y de igual manera me pregunto: ¿de qué le sirve a una persona (en este caso a un venezolano) que en aras del respeto al derecho internacional su vida diaria siga devastada y sus derechos humanos básicos sigan siendo violados por un dictador?

Así como la reducción de la pobreza extrema genera optimismo, igual o más optimismo debiera generar la captura de un dictador, pues -al margen de intereses económicos que sin duda hay detrás, pero que frente a la ruina de un pueblo son secundarios- les avisa a todos los gobiernos totalitarios, radicales y corruptos del mundo, que si secuestran la democracia y usan sus reglas para beneficio propio y mantenerse en el poder, siempre habrá un agente interno o externo que haga valer el espíritu, propósito y razón de ser de las leyes y que es: impedir la arbitrariedad del poder y proteger la libertad, seguridad y derechos básicos de todas las personas.

A este respecto lo mejor que he leído es un texto del abogado Héctor Becerra Orefice en el que les dice una verdad incómoda a los que hablan de violaciones a la soberanía de Venezuela: "La idea de que un gobernante que destruye libertades y hambrea a su pueblo deba estar protegido indefinidamente por formalismos legales es una perversión del derecho, no su defensa".

"Te digo, Juan,

 para que oigas, Pedro".

Dicho popular