Ricardo EliasComment

El agua no es rehén

Ricardo EliasComment
El agua no es rehén

La protesta por el agua sucia en Guadalajara es legítima. Pero lo que no es admisible es que un problema de naturaleza técnico-económica se convierta en arma política. El agua no puede ser rehén de nadie.

La manifestación del pasado domingo en Guadalajara, convocada para exigir una solución a esta crisis, terminó con graves y vergonzosos daños al Palacio de Gobierno, al Congreso de Jalisco, al Palacio de Justicia y a varios comercios, actos que no pueden confundirse con expresiones espontáneas y justificadas del malestar ciudadano.

Cuando en una manifestación aparecen grupos encapuchados provistos de martillos, palos, piedras, petardos, gasolina y bombas incendiarias, resulta evidente que están ahí para provocar violencia, destruir, intimidar y convertir una demanda social en una confrontación política.

Para empezar a poner las cosas en su lugar, por razones de seguridad debería prohibirse -como muchos países ya lo hacen- que personas encapuchadas o con el rostro cubierto asistan a una manifestación. Italia acaba de establecer penas de hasta cinco años de prisión y multas de hasta 20 mil euros para quienes participen violentamente en una manifestación, sanciones que se agravan cuando los responsables actúan con el rostro cubierto. Los únicos que ocultan su identidad en eventos públicos son infiltrados cuyo único propósito es causar daños y desencadenar disturbios.

Por respeto y protección a los ciudadanos que ejercen su derecho a protestar pacíficamente, es necesario identificar y separar de cualquier manifestación a quienes asisten a ellas enmascarados y a quienes agreden y destruyen todo a su paso. Tolerar que grupos de choque secuestren una manifestación hace que los violentos hablen en nombre de todos. Tan es así que, de esta protesta, lo único que permanecerá en la memoria son las imágenes de edificios vandalizados y nada relacionado al problema del agua que le dio origen.

Es necesario terminar, de una vez por todas, con la idea falsa de que castigar a un manifestante violento es represión. No lo es. Eso es una confusión políticamente interesada. La libertad de expresión, como el derecho a la petición y a la protesta no son derechos absolutos: encuentran sus límites en los derechos de terceros, en la comisión de delitos y en la perturbación del orden público. Agredir personas y arrasar bienes públicos o privados no es una forma legítima de expresión, sino una manifestación de brutalidad y anarquía.

Aunque en una manifestación tensa puedan cometerse errores de procedimiento o excesos en el uso de la fuerza -algo que difícilmente ocurriría si no hubiera provocadores-, considero que el gobierno de Jalisco ha actuado, en general, con proporcionalidad y sin criminalizar la crítica. Es más, pienso que si algo habría que reprochársele, es su permisividad ante manifestantes violentos que destrozaron e incendiaron no solo bienes materiales, sino el ánimo ciudadano. Me causó indignación ver a salvajes encapuchados, destruir impunemente el patrimonio de todos.

El aprovechamiento político de una crisis obliga a investigar quién organiza, convoca y financia a estos grupos de choque, y a rechazar el planteamiento maniqueo que coloca a los gobernadores -en este caso al de Jalisco- entre la espada y la pared: malo si hacen, malo si no hacen: si detienen y castigan a los manifestantes violentos, se les acusa de represores, y si no lo hacen se les muestra como débiles e incapaces para gobernar. Este es un falso dilema.

La autoridad debe proteger la protesta pacífica y, al mismo tiempo, castigar la violencia conforme a la ley. Aplicar esas reglas, con respeto al debido proceso y a los derechos humanos, no es represión ni limitación de la libertad de expresión. Es defender la convivencia democrática y el Estado de Derecho. No se necesitan bombas molotov para hacer visible un reclamo ciudadano.

No debemos permitir que el problema del agua sucia en Guadalajara -que afecta directamente el bienestar de la población- se use como rehén de intereses políticos. Por ello me parece despreciable que Morena y el gobierno federal retrasen su solución solo para agravar la crisis, aumentar el descontento, y presentarse luego como los salvadores. Nadie que esté dispuesto a sacrificar a la población con tal de conquistar el poder, merece gobernar.
 
"Lucrar con el sufrimiento humano es una bajeza".

Yo