Ricardo EliasComment

El libro que nadie leerá

Ricardo EliasComment
El libro que nadie leerá

Cada vez que entro a una librería me sucede lo mismo: miro los estantes y pienso en todo lo que hay detrás de cada uno de esos libros. Pienso en los millones de páginas que alguien tuvo que imaginar, investigar, escribir, corregir y publicar; pienso en el esfuerzo intelectual y económico, en la disciplina y sacrificios, en las horas, años y vidas enteras que hay detrás de cada ejemplar, y que para los que caminamos frente a ellos, la mayoría no son más que un lomo entre cientos. Vemos el título, quizá el nombre del autor, y seguimos de largo.

Dicen que por cada libro que alcanza una lista de "los más vendidos" existen 10 mil que prácticamente nadie leerá. Más allá de que el número sea preciso o no, la realidad es que los libros que pasan inadvertidos son muchísimos más que los que alcanzan un relativo éxito.

Pero esto no ocurre solamente con los libros. Sucede con canciones que nadie escucha, con películas que nadie ve, con cuadros que nadie compra, con productos que no se venden, negocios que nunca despegan, investigaciones que a nadie interesan, proyectos que no se concretan, ideas que no encuentran oídos o historias y columnas como ésta misma, que a pesar del tiempo invertido para pensarlas y escribirlas al final nadie leyó.

La realidad es que pasamos buena parte de nuestra vida haciendo cosas cuyo resultado es completamente incierto. Entonces, ¿qué hacemos?, ¿nada, porque tal vez fracase, no trascienda o no logre impactar significativamente al mundo? ¿Debemos intentar solamente aquello que tenga altas probabilidades de éxito? ¿Tiene sentido dedicar recursos y años de vida a algo que quizá no funcione o nadie reconocerá?

Vivimos en una época obsesionada con resultados. Medimos todo y pareciera que lo que hacemos vale solo si produce utilidades y personas extrañas lo reconocen. Y esto es porque confundimos éxito con valor. Hay cosas que vale la pena hacer, aunque nadie las vea, las compre o hable de ellas.

La referencia principal para valorar lo que hacemos debería ser la propia opinión, y no la de otros: nosotros somos los únicos que conocemos las razones, circunstancias, sacrificios, necesidades y objetivos que hay detrás de cada decisión que tomamos. La mirada de los demás, por más bien intencionada que sea, parte necesariamente de información incompleta: observa el resultado, pero desconoce el camino; ve pertenencias sin saber lo que significan para nosotros.

La opinión ajena puede ser una referencia, una sugerencia o incluso una fuente de aprendizaje, pero no debería convertirse nunca en el juez de nuestra historia. Al final nadie puede darle el justo valor a una vida que no ha vivido.

Quizá ésta sea la respuesta a la pregunta que surge frente tantos esfuerzos que pasan inadvertidos: no hacemos las cosas solamente para que sean exitosas, las hacemos porque de alguna manera nos parecen importantes o tienen algún sentido para nosotros, o simple y sencillamente porque nos producen placer. Y en esto último no hay que darle cuentas a nadie. El escritor escribe porque tiene algo que decir. El investigador investiga porque le interesa descubrir algo. El músico compone porque quiere expresarse. El emprendedor intenta y arriesga porque quiere hacer algo que todavía no existe.

Hoy más que nunca deberíamos recuperar el valor de hacer cosas aun cuando nadie esté mirando, el valor de estudiar, aunque nadie nos pregunte qué aprendimos, o de crear y escribir lo que nos venga en gana, sin importar si nuestra obra se hará famosa o terminará arrumbada en un estante.

La próxima vez que entremos a una librería, detengámonos frente a uno de esos libros que nadie parece estar buscando. Tomémoslo, abramos sus páginas y leamos unas líneas, tal vez detrás de esa portada encontremos una idea, un dato, una emoción o un punto de vista distinto. Y si no fuera así, al menos servirá para honrar aunque sea por un momento, el esfuerzo, la imaginación y la perseverancia de su autor.

Si para escribir un libro, llevar a cabo una investigación o convertir cualquier idea en realidad necesitáramos la certeza de que será exitosa y merecedora de reconocimientos, buena parte de los grandes avances de la humanidad no habrían sucedido y muchas de las mejores historias jamás habrían sido contadas.

"A veces creo no tener nada, pero más bien tengo todo y no lo creo".
Yo