¿Iconoclasia?

¿Iconoclasia?

Nuevamente tengo que volver a decir que los propósitos del Día Internacional de la Mujer, de reflexionar y reclamar igualdad de derechos, de denunciar la violencia contra ellas y mantener presentes las demandas de justicia y equidad, se han distorsionado. El 8 de marzo se ha convertido en un día de agresión y vandalismo que nada tienen que ver con la causa original.

Entiendo que es necesario hacer visible lo que durante décadas se mantuvo invisible, pero el derecho a protestar no incluye el derecho a destruir. Las libertades en una democracia siempre conviven con responsabilidades.

Cualquier persona debe poder marchar, gritar consignas, exigir justicia o denunciar agravios. Pero ninguna causa -por justa que sea- otorga licencia para dañar bienes que pertenecen a todos o para afectar el patrimonio de terceros que nada tienen que ver con el motivo de la protesta.

Esto va a parar cuando las autoridades hagan algo muy simple: aplicar la ley y sancionar el vandalismo cuando ocurra.

Manifestarse es un derecho; destruir propiedad pública o privada es un delito. No se trata de impedir las marchas ni de silenciar demandas legítimas, sino de dejar claro que la destrucción de bienes públicos y privados tendrá consecuencias.

Hablar de vandalismo contra bienes públicos, es hablar de iconoclasia -del griego "eikón" (imagen) y "klastés" (romper)- término que se refiere a la acción de destruir o intervenir imágenes, monumentos o símbolos que representan una autoridad, una narrativa histórica cuestionada, una ideología o un orden social que se considera injusto u opresivo.

La idea de iconoclasia se ha invocado para amparar y dejar impunes intervenciones o daños a monumentos que se consideran símbolos de un orden social patriarcal o de una historia que invisibilizó a las mujeres. Desde esa perspectiva, vandalizar una estatua o un edificio público puede verse como un acto simbólico de protesta contra estructuras de poder. Sin embargo, una cosa es cuestionar o reinterpretar símbolos históricos -algo que forma parte normal de las sociedades democráticas- y otra muy distinta es el vandalismo generalizado, destrozar por destrozar. Romper vidrios, vandalizar comercios o dañar mobiliario urbano nada tiene que ver con la idea original de iconoclasia. En esos casos ya no se trata de un acto simbólico dirigido a un emblema específico, sino de daño material que afecta a terceros y al patrimonio colectivo.

El derecho a manifestarse es fundamental y debe protegerse, pero tolerar la destrucción como parte normal de una manifestación no solo debilita la causa sino genera rechazo social y abre la puerta a la impunidad y a la escalada de violencia.

No debemos confundir conceptos. Castigar a quienes causan destrozos no es represión, es proteger a la comunidad y preservar el orden público.

Reprimir es impedir que la gente se exprese, perseguir opiniones o limitar arbitrariamente el derecho a protestar.

Las marchas y las demandas pueden y deben expresarse. Pero destruir la Ciudad no es una forma legítima de protesta. Quien destruya propiedad pública o privada debe asumir las consecuencias de sus actos.

Repito lo que cada año he venido diciendo en este espacio, luego del vandalismo asociado a las marchas feministas de cada 8 de marzo:
 
Hay que diferenciar el válido, justo y necesario movimiento feminista original, que postula el "principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre", de este "pseudofeminismo" violento que cuando se manifiesta, embiste y destruye todo a su paso y obliga a autoridades y particulares a poner barreras para protegerse de sus arremetes.

Si lo que busca el movimiento feminista es que ningún ser humano sea privado de bien o derecho alguno a causa de su sexo, poner fin a los estereotipos y roles sexuales, que las mujeres tengan iguales libertades que los hombres y eliminar la violencia contra la mujer, me declaro feminista.

Pero si para conmemorar estos principios queman edificios, rompen vidrios, vandalizan comercios y destruyen mobiliario urbano, me declaro defensor del derecho ajeno y abogo por la aplicación de sanciones, no porque esté en contra de la causa, sino porque creo que la defensa de los derechos de unos puede y debe convivir con el respeto al derecho de los demás, a la ley y a los bienes que nos pertenecen a todos.

"Las leyes defienden personas, cuando
las personas defienden las leyes".

Yo