Diminutivos

Para aunque sea solo por un rato dejar de hablar de política, de inseguridad o de guerras -asuntos, sin duda, importantes, pero sobre los cuales los ciudadanos comunes poco podemos hacer más allá de manifestar de distintas maneras nuestra opinión-, decidí abordar un tema aparentemente trivial: me refiero al uso de los diminutivos en las conversaciones y su papel en la forma en que asumimos, o más bien, eludimos responsabilidades.
En México, el diminutivo no es solo un recurso lingüístico afectivo; es una especie de estrategia social. Decimos chilito (que hace la comida sabrosa) en lugar de chile (que la hace enchilosa); favorcito, en lugar de favor; azulito en lugar de azul..., todo para, en apariencia, suavizar el tono y hacer la conversación más amable y cercana, pero muchas veces para, simplemente, no comprometernos a nada.
Tomemos el caso clásico del "ahorita". En teoría significa en este momento, ahora mismo, pero en la práctica puede ser dentro de cinco minutos, en una hora, mañana, o nunca. Esa elasticidad semántica es cómoda: permite no quedar mal del todo si no cumplimos, porque nunca se fijó un momento preciso.
Lo mismo cuando al hablar de costos y tiempos de entrega de un producto o servicio, en lugar de ofrecernos un determinado descuento nos dicen que harán un ajustito al precio, y nosotros lo aceptamos con la condición de que lo hagan rapidito. ¿Cuánto es un ajustito, cuándo o qué tan rápido es rapidito?
Este lenguaje genera malentendidos, retrasos y frustración.
Los diminutivos, como los eufemismos, funcionan como amortiguadores emocionales. En lugar de decir no, decimos está medio complicado, déjame checarlo tantito, lo veo al ratito. Son formas de evitar el rechazo frontal, de no incomodar al otro. Preferimos dejar la puerta entreabierta antes que cerrarla con firmeza. El problema es que esa cortesía diluida muchas veces termina siendo deshonesta, pues quien la escucha interpreta posibilidad donde quizá solo había intención de evadir.
En ámbitos empresariales y profesionales, los diminutivos tienen otro tipo de usos y consecuencias.
Cuando alguien propone hacer un cambiecito o una modificacioncita a un contrato, lo que busca con ese lenguaje es minimizar el impacto real del asunto. Un cambio pequeñito puede afectar cadenas de producción, alterar costos y asumir o evadir responsabilidades. El diminutivo suaviza, pero también disfraza.
El lenguaje evasivo o ambigüedad intencional (uso calculado de términos imprecisos para no comprometerse) es un recurso que, al igual que los diminutivos, evitan la claridad. Tal vez el mejor ejemplo de lenguaje evasivo es cuando al final de negociaciones complejas se pregunta a la contraparte: ¿están entonces de acuerdo, vamos para adelante?, y en lugar de responder con un sí o un no, nos dicen: en principio, sí. ¿Qué significa eso?
Decir que en principio se está de acuerdo con algo, es lo mismo que decir tal vez, a lo mejor o quién sabe. Es un sí tentativo que deja abierta la posibilidad para retractarse, para retirarse de un compromiso, o para "rajarse" como coloquialmente se dice.
Los diminutivos y eufemismos que emanan de la reducción verbal parecen reducir la gravedad moral o legal de las cosas. Sin embargo, el tamaño de un sufijo no cambia la dimensión de un hecho. Una mentirita sigue siendo una mentira; un pequeño error no deja de ser error; en principio sí, es no. Las palabras no disminuyen ni cambian la realidad.
La sociedad mexicana valora la cordialidad, la armonía y busca siempre evitar el conflicto directo. Piensa que ser asertivo, decir las cosas de manera frontal puede percibirse como grosería. Pero si bien los diminutivos hacen por un lado más amable la convivencia, por otro lado, restan claridad y diluyen responsabilidad.
Ser asertivos no implica ser agresivos. Decir ahora, en lugar de "ahorita"; o no es posible, en lugar de ahí vemos, fortalece la confianza. La precisión genera certeza y credibilidad.
Es mejor hablar claro que aparentar estar de acuerdo con algo y dar esperanzas sobre algo que sabemos no ocurrirá.
Nos conviene a todos llamar las cosas por su nombre y tamaño verdadero, y acostumbrarnos a no dar ni aceptar falsas esperanzas. Las palabras importan, afectan e influyen en cómo entendemos los acuerdos, las intenciones y hasta la verdad de los hechos.
"Las falsas esperanzas
son verdaderas mentiras".
Yo