Parque Revolución

La reciente remodelación del Parque de la Revolución, conocido popularmente como Parque Rojo, ha generado un debate público que va desde el monto de la inversión y el tiempo que llevó hacer la obra, hasta decisiones específicas de los materiales y colores utilizados.
Sin embargo, centrar la discusión únicamente en estos elementos, sobre todo cuando no hay nada grave al respecto, para mí, es perder de vista lo esencial.
Es comprensible que exista pluralidad de enfoques, y la arquitectura, especialmente aquella con valor histórico o simbólico, siempre será objeto de críticas y lecturas diversas.
Habrá quienes consideren que la intervención al parque no respetó cabalmente el diseño original de los hermanos Barragán, y otros que argumenten que toda obra debe adaptarse a las necesidades contemporáneas, incluso si eso implica una reinterpretación.
Pero más allá de debatir entre arquitectos y académicos teorías del diseño -un terreno inevitablemente atravesado por la subjetividad- me parece que la conversación debe centrarse más en el propósito último del parque como espacio público, y menos en su materialidad.
Durante años, el Parque Revolución dejó de ser un punto de encuentro seguro y accesible para la comunidad. La falta de mantenimiento, la inseguridad y la presencia de actividades ilícitas lo alejaron de la vocación original de cualquier parque o plaza pública: ser un lugar de encuentro, de convivencia, de expresión cultural y cohesión social.
Por ello, la remodelación y reapertura del parque va mucho más allá de la discusión estética. Lo verdaderamente importante es que el espacio vuelve a estar disponible para la gente; que niños, jóvenes, familias y transeúntes puedan apropiarse nuevamente de él, y sobre todo, que haya vida, actividad y presencia constante para que esa ocupación cotidiana convierta el espacio físico en un lugar significativo que inhiba conductas negativas.
Los cuestionamientos que los ciudadanos debemos hacer no son si el color rojo utilizado debió ser más fiel al original o si el acabado de las bancas y pavimentos debió ser otro, sino ¿qué tipo de actividades va a haber o queremos que ocurran en el parque?, ¿cómo podemos fomentar su uso y de qué manera este rehabilitado espacio puede contribuir al bienestar colectivo?
Lo digo porque para mí, como persona, como ciudadano y como arquitecto que soy, la arquitectura no existe para sí misma ni para ser contemplada como un objeto aislado: su fin último es servir a las personas y crear condiciones para el pleno desarrollo de la vida humana.
La arquitectura no son los edificios o los espacios físicos, sino la manera como se resuelven necesidades, se organizan funciones y se protege del clima; son los elementos que diseñamos, usamos o combinamos para facilitar el encuentro, el trabajo, el descanso, la convivencia y la expresión cultural, es decir, dar forma a todo lo que se necesita para que la vida ocurra.
Si no es así, no estamos hablando de arquitectura, sino de espacios habitables -o inhabitables-, que en unos casos (los menos) pueden llegar a ser considerados más como obras escultóricas que obras de arquitectura, y en otros casos, adefesios, monumentos al ego o simples e irrelevantes negocios hechos con ladrillos.
Bajo este concepto, la arquitectura y recursos invertidos en la remodelación del Parque Revolución habrán cumplido su propósito en la medida en que más personas lo usen, cuiden y lo sientan suyo. Y si las bancas fueron más o menos rojas de lo que en opinión de algunos debieron ser, habremos de ver el asunto como una consideración secundaria, porque la arquitectura no se legitima únicamente por su forma, su originalidad o su impacto visual, su verdadero valor radica en la capacidad para resolver necesidades, ordenar la vida cotidiana y propiciar relaciones humanas, siempre a la luz del impacto que las decisiones que tomamos tienen para los ecosistemas y las generaciones futuras.
Cuando estos valores están ausentes, lo que queda son objetos construidos que pueden impresionar, pero que no necesariamente sirven; artefactos vacíos que al no responder ni a los usuarios ni al contexto, terminan siendo una carga para quienes los habitan, los mantienen o los rodean.
"Hacer arquitectura es resolver
la vida con belleza".
Yo