Ricardo EliasComment

Volver a La Tierra

Ricardo EliasComment
Volver a La Tierra

Para volver, hay que irse.

Como si fuera una película de ciencia ficción, el viernes pasado seguí, perplejo, el regreso de la nave Artemis II a la Tierra.

Su entrada a la atmósfera, calculada con una precisión milimétrica, la cápsula envuelta en fuego al atravesar el aire a velocidades inimaginables, el despliegue de los paracaídas y el amerizaje en el punto previsto fue un espectáculo de ingeniería y una demostración asombrosa de lo que la ciencia y la capacidad humana pueden lograr cuando se alinean con rigor y propósito.

Por la noche vi y escuché con mucha atención la conferencia de prensa que los tripulantes ofrecieron, en la que lo técnico dio paso a reflexiones profundamente humanas sobre lo que significa ir al espacio sideral y... volver, volver, volver a la Tierra otra vez.

Es difícil dimensionar lo que significa alejarse 400 mil kilómetros de la Tierra, rodear la luna y viajar a una velocidad de 40 mil kilómetros por hora. Para hacer esto un poco más comprensible: la distancia viajada equivale a 10 vueltas completas a la Tierra, o recorrer 10 km diarios durante 100 años sin parar. La velocidad alcanzada equivale a 11 kilómetros por segundo, como cruzar una ciudad de lado a lado cada segundo. Digamos que un segundo estás en tu casa, y al otro segundo estás en el aeropuerto.

Pero más allá del asombro por la dimensión técnica y científica de la misión, lo más relevante es lo que como humanos podemos extraer de ella y aplicar a nuestra efímera existencia, como la reflexión y analogía que la astronauta Christina Koch hizo al ver la Tierra desde la nave espacial y desde su posición y responsabilidades como tripulante.

Comenzó hablando de la idea que todos tenemos de lo que es una tripulación (crew, en inglés), y que se refiere al conjunto de personas que se encargan de la operación y conducción de un vehículo tripulado (barco, avión, submarino, etcétera) en el sentido de las responsabilidades, tareas y objetivos compartidos entre ellos y en los que cada decisión, cada acción y cada omisión afecta a todos, lo cual en el caso de una nave espacial adquiere un grado superlativo.

Luego hizo una significativa analogía: comparando la nave en la que viajaba con la Tierra que veía desde lejos, y diciendo que el concepto de tripulación -tan claro y evidente en una misión espacial- debería aplicarse a los seres humanos, vernos como la tripulación del planeta en el que habitamos y actuar con ese mismo sentido de compromiso compartido y responsabilidad por los demás.

La analogía es perfecta. Compartimos un mismo sistema, una misma casa, un destino común. No hay un "afuera" al que podamos escapar si algo falla. Y, sin embargo, actuamos muchas veces como si no estuviéramos en la misma nave.

Nos dividimos, competimos, nos enfrentamos por ideologías, por palabras, o por cosas. Olvidamos que cualquier fractura en el sistema -ambiental, social, político- termina afectándonos a todos.

Parece que, al salir al espacio, esa conciencia es inmediata; en la Tierra, parece difusa, como si la cercanía y lo mundano nos ofuscara.

Otro de los comentarios que me llamó la atención en esa conferencia de prensa fue el del astronauta Jeremy Hansen cuando dijo que lo que realmente impacta al ver la Tierra desde el espacio, no es la Tierra en sí, sino el verla suspendida en el vacío negro que la rodea, la inmensidad silenciosa del universo.

Creo que hablar y pensar en esto es útil. Reconfigura perspectivas y ayuda a darnos cuenta de que, frente a la escala del universo, resulta ridículo y pierde todo sentido el desgastarnos, fragmentarnos y desperdiciar tiempo y energía en conflictos banales e intrascendentes.

Las misiones espaciales, como Artemis II, no solo sirven para alcanzar hazañas como viajar alrededor de la Luna o para generar datos para nuevos avances científicos y tecnológicos; nos ofrecen también la oportunidad de revisar nuestra conducta como especie y entender que estamos en la misma nave, que dependemos unos de otros y que no existe alternativa fuera de este sistema compartido, sobre todo cuando vemos que el sentimiento y deseo común de los astronautas luego de haber estado tan lejos era solo uno: volver.

Volver a este pequeño punto azul del universo, a este espacio imperfecto, pero vivo; a esta red de relaciones que llamamos humanidad.

 
"Para volver, hay que irse".

Yo