Ricardo EliasComment

Las niñas son niñas

Ricardo EliasComment
Las niñas son niñas

¡Bravo, Giorgia Meloni!


Hay puntos de no retorno en los avances de la civilización, umbrales éticos y racionales que, una vez cruzados, no admiten retrocesos sin renunciar a lo que nos define como sociedad civilizada que protege la vida y la integridad de todos, que reconoce derechos y libertades individuales y que no admite prácticas que, aunque en otros tiempos hayan sido consideradas normales o aceptadas, hoy resultan inadmisibles, no por capricho o imposición cultural, sino porque hemos construido estándares más altos de dignidad, conocimiento y justicia, conquistas de la humanidad que delimitan lo que ya no puede volver a justificarse, como la esclavitud, los combates a muerte como espectáculo, la ablación, los matrimonios forzados, la negación del derecho al voto de las mujeres, etcétera.

Lo anterior viene a colación porque hace unas semanas, un imán pakistaní llamado Ali Kashif, radicado en Brescia, Italia, salió en la televisión nacional italiana defendiendo abiertamente, sin vergüenza ni pudor alguno, que "los hombres musulmanes tienen derecho a casarse con niñas de 9 años".

Dijo textualmente que una niña de 9 años, después de su primera regla, ya puede considerarse "adulta" y por lo tanto es "correcto" casarla.

Al día siguiente, la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, ordenó su deportación inmediata y lo enviaron de regreso a Pakistán. ¡Bravo Giorgia!, fue lo primero que me nació decir. Este imbécil y retrógrada individuo justificó el derecho de un hombre a casarse con una niña como la cosa más normal de mundo.

Algunos sectores del islam justifican el matrimonio infantil basados en ciertos hadices (registros narrativos de dichos y acciones del profeta Mahoma) considerados enseñanzas o aprobaciones tácitas, y que constituyen una segunda fuente de legislación islámica, para aclarar o contextualizar el Corán.

Uno de estos hadices hace referencia al matrimonio del profeta Mahoma con Aisha, quien habría sido comprometida a una edad muy temprana y cuyo matrimonio se habría consumado cuando aún era menor, lo cual es debatido inclusive dentro del propio mundo islámico, donde numerosos estudiosos y corrientes teológicas cuestionan tanto la lectura literal como su aplicación a contextos contemporáneos.

El hecho de que en el Siglo 7, en el medioevo o incluso en épocas más recientes ciertas prácticas hayan sido parte de tradiciones, usos y costumbres o creencias religiosas de un pueblo, no hace que hoy sean aceptables.

El avance de la civilización ha consistido precisamente en cuestionar y superar esas prácticas, reconociendo la dignidad y los derechos de todas las personas.

Luego de la deportación del imán pakistaní, algunos sectores expresaron "preocupación" por la medida del gobierno italiano, pero su preocupación no es por las niñas que son entregadas en matrimonio a adultos, sino porque, según ellos, la medida representa una amenaza a la libertad de expresión y al debido proceso.

Creo que quienes critican la deportación de una persona que hace apología del matrimonio infantil dejan que sus fobias y filias políticas o religiosas les nublen el juicio hasta el punto de desdibujar la línea entre lo aceptable y lo inaceptable.

En su afán por oponerse a posturas o gobiernos, terminan relativizando algo que no admite matices: la protección de las niñas.

Cuando la crítica política se antepone a principios básicos, el debate deja de ser racional y se pierde de vista lo esencial: valores que no son negociables y cuya defensa no debería depender de afinidades ideológicas.

Las niñas son niñas, no son mercancía, no pueden ser consideradas esposas en potencia bajo ningún pretexto.

Por ello, deportar a individuos como este no debe ser materia de debate teológico o político, ni de una discusión cultural sujeta a interpretaciones. Se trata, como dije, de una línea roja civilizatoria, de una frontera moral que no puede cruzarse.

Para mí, nadie que justifique o promueva el matrimonio infantil -o cualquier forma de abuso disfrazado de costumbre, tradición o creencia religiosa- puede encontrar legitimidad ni espacio en una sociedad civilizada.

No es censura, es coherencia. No es intolerancia, es claridad moral; es establecer límites y defender un mínimo ético común.
 
"Callar atropellos
envalentona abusadores".

Yo