El pato Merlín

Históricamente, los gobernantes han buscado siempre asociarse con figuras del deporte, el arte o el entretenimiento para, según ellos, así conectar con las masas, mejorar su imagen, o desviar la atención de los problemas de Estado.
Este oportunismo o uso de la fama ajena ha alcanzado niveles de caricatura. Los políticos ya no solo buscan la foto con el campeón del mundo de algún deporte, o con la estrella "pop" del momento; ahora están dispuestos a colgarse de la popularidad de cualquier fenómeno que domine las tendencias en las redes sociales, sin importar su naturaleza, con el único objetivo de obtener atención y cosechar un beneficio publicitario o que distraiga o maquille la realidad.
El ejemplo más reciente de esta práctica ocurrió hace unos días en la conferencia mañanera de la Presidenta. Un espacio que teóricamente debería estar destinado a la información, a la rendición de cuentas, a la transparencia y debate de la agenda nacional, se convirtió en el escenario para recibir a Merlín, un pato que cobró fama masiva en redes sociales y terminó siendo adoptado mediáticamente como mascota y "embajador" no oficial de la Copa Mundial de Futbol 2026.
El objetivo de invitar al pato Merlín a la conferencia mañanera es obvio: montarse en la inmensa ola de simpatía y en los millones de reproducciones que este pato arrastra consigo. Una burda operación propagandística para capitalizar un momento de exposición internacional, y literalmente hacerse "pato(a)" aunque sea por un rato, con los múltiples y serios problemas del país.
Sin embargo, esta ocurrencia acarreaba un problema: como el pato no habla ni puede ir solo, había que invitar obligadamente a su dueña, Karla Gómez, y buscar la manera de no hacerla sentir "usada" o menos importante que el animal, lo que obligó a la Presidenta a mostrar cierto interés por su realidad social y a ofrecerle ayuda especial directa, solo por ser la dueña del pato recién convertido en celebridad y haber prestado su fama a la Presidenta por un momento.
El problema de este tipo de montajes es que terminan por desmoronarse. En este caso la narrativa del gobierno del bienestar chocó con la realidad de la vida cotidiana. Frente a las cámaras de la "mañanera" apareció una madre soltera y vendedora ambulante -probablemente parte de la economía informal que no paga impuestos- y que personifica las carencias, la falta de oportunidades y las dificultades económicas que millones de mexicanos enfrentan todos los días para subsistir.
La idea de aprovechar la fama de un pato terminó convirtiéndose en una forzada ayuda pública.
Ayudar a alguien por la conveniencia mediática que representa no es humanismo, como lo quiso presentar la Presidenta, es oportunismo. Es muestra de que la atención institucional está sesgada y pasa por el filtro de la fama.
Este apoyo especial, si bien ayuda mucho a una persona en particular (qué bueno por Karla), es injusta para los miles de ciudadanos que tienen reclamos profundos y devastadores, que todos los días piden ayuda de algún tipo, y reciben nada.
El mensaje que se envió desde la tribuna presidencial es perverso. Pareciera que para que el Estado mexicano escuche no basta tener una necesidad legítima o estar en situación de vulnerabilidad; lo que se requiere es tener un escaparate en las redes sociales y audiencia masiva.
Lo digo porque mientras la dueña del pato Merlín salía de Palacio Nacional con promesas de asistencia y soluciones personalizadas, colectivos de madres buscadoras, de pacientes que claman por medicamentos en los hospitales públicos y comunidades enteras afectadas por el crimen organizado pasan meses, e incluso años, solicitando una audiencia con el Ejecutivo sin recibir respuesta. Sus necesidades y demandas, a pesar de que son de vida o muerte, carecen de la ventaja competitiva de ser una tendencia viral o divertida en TikTok.
La justicia social no puede depender de likes en las redes sociales ni de los caprichos del departamento de Comunicación Social de la Presidencia.
Cuando la política privilegia la popularidad y el espectáculo sobre la atención de los problemas de fondo, lo que se termina construyendo es un gobierno en el que la sensibilidad y la compasión dependen más de los reflectores que de las necesidades reales de la población.
"Las apariencias engañan...
si la mirada es ligera".
Yo