Aquí, ahora

En medio de la algarabía del Mundial de Futbol y las celebraciones de los triunfos de la Selección Mexicana se observa el necesario y consciente protocolo de guardar un minuto de silencio al inicio de cada partido, en memoria de los fallecidos y afectados por los recientes terremotos en Venezuela, que han dejado escenas de devastación y angustia, con bomberos, cuerpos de protección civil, personal médico y voluntarios atendiendo víctimas, buscando sobrevivientes y auxiliando a quienes lo han perdido todo.
A estas tareas se ha sumado la solidaridad de distintos países y organizaciones internacionales, que han enviado equipos especializados, ayuda humanitaria y recursos para las labores de emergencia, mientras que las cifras oficiales de fallecidos, heridos, desaparecidos y daños materiales se van actualizando.
Tragedias como esta revelan la fragilidad de nuestra existencia. Vivimos con la ilusión de que el mañana está garantizado. Planeamos, construimos, acumulamos bienes y hacemos proyectos a largo plazo, dando por hecho que la rutina continuará intacta. Pero de tiempo en tiempo la naturaleza nos recuerda que las "certezas" sobre las que edificamos nuestra vida son mucho más débiles y efímeras de lo que creemos.
Frente a los desastres naturales, a los accidentes, guerras y enfermedades que no distinguen entre quienes tienen todo y quienes apenas poseen lo indispensable, las diferencias que parecen tan importantes en la vida cotidiana pierden sentido. Solo hay una sensación dominante para todos: impotencia.
Ninguna previsión humana puede garantizar seguridad absoluta; ninguna economía puede comprar la certeza del futuro; ningún poder político puede ordenar que la tierra permanezca inmóvil. En cuestión de segundos, miles de personas mueren, casas y edificios se derrumban, negocios y patrimonios se destruyen y vidas enteras cambian para siempre.
Quizá por eso las tragedias despiertan lo mejor de las personas. Vecinos que ayudan a vecinos, rescatistas que arriesgan su vida para salvar la de otros, médicos que trabajan sin descanso y ciudadanos anónimos que comparten alimento, refugio o compañía, porque cuando todo se derrumba, la solidaridad es el primer sostén.
Los terremotos de Venezuela hoy, como tantas otras catástrofes ocurridas en el mundo, nos recuerdan que habitamos un planeta tan fascinante como impredecible. Si aceptamos que no está en nuestras manos decidir cuánto tiempo viviremos ni las circunstancias que nos tocará enfrentar, la conclusión es obvia, aunque a menudo la olvidemos: el único momento que importa es el presente.
Este principio del "aquí y ahora" tiene una dimensión tanto filosófica como práctica. No significa ignorar el pasado ni renunciar a planear un futuro por definición incierto. El pasado sirve para aprender y el futuro para orientar las decisiones que tomamos todos los días para atender las circunstancias que tenemos enfrente, concentrando nuestra energía en las acciones necesarias para mejorarlas o remediarlas, y evitando así caer en la llamada "parálisis por análisis", que surge cuando nos preocupamos excesivamente por lo que pasó o por lo que podría llegar a pasar.
Séneca, el antiguo filósofo estoico, decía que "sufrimos más en la imaginación que en la realidad", por lo que debemos enfocar nuestros esfuerzos únicamente en aquello que depende de nosotros, y aceptar con serenidad lo que escapa a nuestro control.
De manera similar, tradiciones orientales como el budismo enseñan que buena parte del sufrimiento nace del apego al pasado o de la ansiedad por lo que aún no ocurre. En ese mismo sentido, filósofos existencialistas como Heidegger y Sartre han sostenido que la existencia humana se realiza en el presente, porque es allí donde elegimos, actuamos y damos forma a quienes somos.
Al final, de distintas maneras, las adversidades nos enseñan y recuerdan dos cosas: que la seguridad absoluta y permanente es una ilusión, y que todo es transitorio: si las cosas van mal, recordemos que todo pasa, y si van bien... recordemos que también pasa.
Por ello, tanto en los momentos de felicidad (¿y si sí?), como en los de desdicha (¿y si no?), lo sensato es vivir con mayor conciencia, valorar a quienes nos rodean, actuar con generosidad y aprovechar del mejor modo posible el tiempo que tenemos aquí y ahora.
"La certeza es un paréntesis
en la incertidumbre".
Yo