Estética urbana

Estética urbana

Estuve hace unos días en la Ciudad de México, y durante el largo trayecto del aeropuerto hacia el hotel donde me hospedaría, vi una ciudad "pintarrajeada" sin orden ni propósito; una ciudad desprolija, embadurnada, pintada con mal gusto, exceso y descuido.

Los muros de contención de los pasos a desnivel se sucedían unos a otros con dibujos improvisados, letreros, figuras y murales mal resueltos; la mayoría sobre superficies derruidas, sucias o enlamadas. Lejos de dignificar el entorno, las intervenciones parecían un maquillaje corriente y apresurado sobre obras urbanas que nadie se ha tomado el tiempo de mantener o reparar a fondo.

La combinación cromática coronaba el desorden: puentes pintados de morado-lila sobre estructuras previamente pintadas en rojo, generando una desagradable mezcla de colores chillones, agresivos y confusos. En ningún momento vi un lenguaje urbano articulado. Todo era un revoltijo de decisiones tomadas al gusto de quien supongo tenía el contrato o el poder en ese momento, dando por resultado una composición visual caótica, en la que el ojo no encuentra dónde descansar, ni qué leer. Todo compitiendo, nada dialogando.

Una ciudad no es un catálogo de modas ni un anuncio comercial de temporada; es el escenario permanente de millones de personas que viven, trabajan y se desplazan cada día.

La estética de las ciudades debe ser sobria, neutra y atemporal; no de ocurrencias gráficas estridentes. Deber ordenar y dar calma visual, y jamás convertirla en medio de propaganda política o ideológica: el aspecto de los edificios, puentes y muros de una ciudad no se cambia todos los días.

Lo que vi, no fue una estrategia seria e integral de imagen urbana, sino el uso –más bien abuso– del espacio público como soporte de una narrativa política y simbólica bajo la bandera del arte urbano; lo que vi fue despilfarro en un muestrario de caprichos y ocurrencias: pseudoarte y poesía de propaganda que convierte el color y la gráfica comercial en un negocio con barniz cultural. Lo que vi fue la reducción de la imagen de la capital del país a un "branding" político de manufactura deficiente.

La imagen de las ciudades debe proyectar institucionalidad, claridad, orden y continuidad, no un carnaval visual que cambia con cada administración.

Hay que reconocer que la CDMX tiene muchas avenidas y calles hermosísimas, pero los viaductos que conectan al aeropuerto con la ciudad son la cara de la ciudad y la primera impresión que reciben millones de personas que llegan por vía aérea. Y esta cara y primera impresión es simplemente pésima.

Una ciudad que se respeta a sí misma cuida su imagen como cuida su patrimonio. Eso implica priorizar el mantenimiento y limpieza de la infraestructura antes que la pintura decorativa; elaborar y respetar manuales de imagen institucional, no propagandística, aplicables a largo plazo; pensar el color como herramienta de orden, seguridad y legibilidad, no como marca de partido.

Defender una estética urbana sobria, neutra y atemporal no es ser conservador, es una manera de decirle al ciudadano: "esta ciudad está pensada para durar más de un sexenio".

Por otro lado, cuando se trata de remodelar espacios públicos, los presupuestos no pueden pensarse solo para ejecutar la obra y cortar el listón: deben incluir una partida clara y obligatoria para su mantenimiento permanente, y evitar el ciclo de siempre: inauguración, fotos, aplausos y luego abandono.

Una política seria de imagen urbana no mide su éxito en metros cuadrados intervenidos ni en cantidad de espacios remodelados, sino en su capacidad para mantenerlos vivos, funcionales y vigentes en el tiempo. Sin esa visión, cada remodelación es solo un gesto efímero, un maquillaje fugaz.

No es por presumir (¿o sí?), pero cabe mencionar que las obras públicas que recientemente se han hecho en Jalisco y en el área metropolitana de Guadalajara y Zapopan, unas para conectar la ciudad con el aeropuerto, otras para remodelar centros históricos e intervenir espacios públicos relevantes, han sido diseñadas y construidas con visión de largo plazo y con criterios institucionales, no de propaganda política.

Espero que este enfoque sirva de ejemplo a muchas otras ciudades, y que el mantenimiento de las obras realizadas se sostenga en el tiempo.

"La crítica es una ayuda, no un obstáculo".
Yo