Clasismo criminal

Clasismo criminal

Cuando veo por un lado cómo persiguen, atrapan, matan o condenan a cadena perpetua a miembros de bandas y capos del narcotráfico, y por otro veo a funcionarios públicos o empresarios corruptos señalados como sus cómplices -beneficiados con cantidades exorbitantes de dinero por esa misma actividad delictiva- disfrutando la vida como si nada, me doy cuenta que ni siquiera el mundo del crimen se libra del elitismo, la discriminación y las divisiones de clase.

Los primeros son los desposeídos, los trabajadores del crimen, los sacrificables; los segundos son los privilegiados, los que lucran sin ensuciarse.

Esto me recuerda la profunda frase de Sor Juana Inés de la Cruz: "¿Cuál es más de culpar, aunque cualquiera mal haga: el que peca por la paga, o el que paga por pecar?".

Las capturas y condenas a lugartenientes y jefes del narco se celebran como triunfos de la justicia, sin embargo estos individuos son solo la carne de cañón, los rostros visibles, el brazo ejecutor de una compleja, violenta y corrupta red de intereses económicos, políticos y sociales, y por lo tanto los más vulnerables dentro del sistema criminal.

Su exposición mediática -que da material hasta para producir series de televisión y corridos musicales- los convierte en objetivos prioritarios para autoridades que hasta ofrecen recompensas millonarias por su captura, o incluso por su muerte, exponiéndolos a traiciones y eliminaciones.

Mientras los operadores y capos ponen la cara, el cuerpo y las balas, sus socios y cómplices de cuello blanco -políticos, empresarios, banqueros, abogados y funcionarios públicos corruptos- viven impunes y tranquilos en las esferas más altas del poder y de la sociedad.

No se trata de justificar o convertir en mártires a los operadores del crimen -el narcotráfico, y en general el crimen organizado, es una industria de muerte que debe ser combatida-, pero sí de señalar que las mafias delictivas replican las desigualdades estructurales de la sociedad mexicana: los delincuentes de origen más humilde, los que se rifan la vida y se hicieron en las calles, son quienes cargan con las consecuencias, mientras que la élite delictiva solo va a las buenas.

Cuando las cosas salen mal -y en las vidas criminales las cosas tarde o temprano salen mal-, los únicos que pagan "los platos rotos", que tienen que vivir ocultos y a "salto de mata" o terminan perdiendo la vida o la libertad, son los delincuentes de estrato social bajo, los que se forjaron en el polvo, y no los delincuentes de "cuello blanco" que operan desde elegantes oficinas corporativas o de gobierno y cuentan con redes de protección, conexiones políticas, abogados de alto nivel, movilidad internacional, pasaportes, residencias en el extranjero, cuentas bancarias en distintas partes del mundo, etcétera, que los libran de las consecuencias más crueles del negocio.

Ellos no necesitan esconderse, ni estar en la primera línea de fuego; delegan ese riesgo a otros.

El crimen organizado en general, pero en especial el mexicano, funciona como un microcosmos de la sociedad: los de abajo siembran y asumen los riesgos, los de arriba solo cosechan ganancias.

Mientras la base de la pirámide social criminal vive en la clandestinidad perseguida por el Estado y por sus propios rivales, los criminales de alcurnia, los empresarios, banqueros, abogados y notarios que lavan dinero, crean empresas fantasmas y "legalizan" todo, gozan de una inmunidad prácticamente absoluta.

En un gobierno como el actual, que se proclama anticlasista, la justicia no puede tener una vara para medir las caras visibles y carne de cañón de las organizaciones criminales, y otra para quienes se ocultan en las élites políticas y económicas. Ambas partes deben ser vistas, perseguidas, procesadas y sancionadas con igual rigor.

De ninguna manera defiendo a los delincuentes de cualquier origen o estrato social, lo que digo, y tal vez suene paradójico, es que me parece "injusto" que los que pertenecen a la base de la pirámide del crimen organizado, sean los únicos que terminan en la cárcel o en la morgue, mientras sus elegantes y trajeados socios, los que diseñan y se benefician del sistema, disfrutan tranquilamente la vida y el fuero.

Parafraseando a Sor Juana: la justicia no puede tratar diferente al que pecó por la paga y al que pagó por pecar.
 
"En el populismo,
la justicia ciega se vuelve tuerta".

Yo